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Esa inexperiencia sexual de ellas, que tanto duele

Esa inexperiencia sexual de ellas, que tanto duele

No sé si del amor al odio haya un solo paso, pero del placer al sufrimiento sí.


Una rudeza fugaz entre un mar de caricias, puede elevar las olas de gemidos hasta convertirlas en alaridos. Sí, me afeité las huevas y ya no tienes que preocuparte por que un pelo se te enrede en los brackets. Así que me las tienes que chupar, es la ley de la cama.


Y tú estás dispuesta, y me miras con picardía y sonríes y te muerdes el labio mientras bajas. Y yo me explayo, y me llevo los brazos a la cabeza de arriba y me pierdo. Entonces, descubro el peligro de una buena intención mal medida en una faena sexual: hace reaparecer de súbito, y más abiertos que nunca, esos ojos que me habías hecho voltear y poner blancos.


Las pupilas caen estrepitosamente desde las nubes de gozo que navegaban al fondo de la mente, y se estrellan en una cara femenina que está: a) despavorida, b) muerta de la risa, c) emputada, d) un poco de a y b disimulando c. Y pensar que son tus huevas las que están estranguladas por la serpiente lingual de ella.


Es solo una de las formas en que transcurre una primiparada en chupada de genitales. Lo sufrido por los cartuchos de las gónadas es extensible al cañón que los corona. Normalmente extendido como asta de bandera, también traído abajo de un solo jalón.


Tras una investigación exhaustiva, se establecieron tres grandes grupos en los que se dividen las que llamaremos “succionadoras de huevas”. Categorizadas según su nivel de aproximación al objetivo de brindar placer en esta forma de sexo oral. Nivel caracterizado por factores como la torpeza, pericia, vocación y disposición al aprendizaje. Así mismo, se  identificó un caso especial de estudio. Y repudio.


Espero no herir susceptibilidades femeninas al señalar estos grupos, a través de situaciones. (De ser así, clamo venganza por todas las susceptibilidades huevales que han herido).


Las primeras son las que ni siquiera miran las pelotas, a menos que se les diga. O les tienen miedo, o les aburren, o sufren de ese mal milenario llamado “mojigatería”. Prácticamente toca meterle la cabeza en la entrepierna. Empujarlas con sutileza. Y aun así alzan la cara a mirar con ojos y sonrisa de Bob Esponja, huyendo a la comunión labios-huevas.


Entonces uno sale perdiendo. Nunca pasan de unos cuantos besitos superficiales, inofensivos, que ni cosquillas producen; tiernecitos, rápidos y sonrientes, como los que les dan a los bebés en los brazos. Se creen que son dulcecitos, y de pronto ¡Auh!, te muerden la piel. “Con la lengua”, dices. Se molestan, se aburren, fruncen el ceño. Medio rozan la lengua por encima del escroto, interrumpiendo cada 10 segundos para mirar con sus ojos de Bob, como esperando que les digan: “Bueno ya. ¡Venga para acá!” y las cojan del pelo, las suban y acaben la mutua tortura.


Con el pene es más traumático. Apenas y medio lo rodean de besos, pero hacen ruidos y gestos de estar atragantadas. Luego se ensañan con el glande y los pliegues posteriores hipersensibles. Le dan lengua por encima, como untando pegante a un viejo sobre de correo; hasta que dejan un ardor que te acompañará un par de días. Entonces de idiota les dices que lo agarren más duro, y abajo, y te pegan un memorable jalón del pellejo hasta la base. Rápido y de un tirón, como si estuviera abriendo cruelmente un Bom Bom Bum de carne.


Tú que estás en el segundo grupo, naciste para el sexo. Eres una “culeadora instintiva”, en proceso de maduración. Tienes talento y vocación naturales para la boca. Llegas a las huevas en tu recorrido por nuestro cuerpo. Las ves como otra parte susceptible de recibir su dosis de cariño. Golosinas que comes con todo gusto. Con tus labios y lengua alcanzas a ejercer la presión justa.


Tus besos mueven las bolas de un lado a otro. Se achican, se esconden hacia un extremo, y te diviertes en su persecución. Lames con la anchura de tu lengua todo este helado genital, y miras de vez en cuando para comprobar que estoy disfrutando. Pero entonces te entusiasmas.

Te hundes hacia adelante para lamer con más fuerza, y tu nariz se clava profundo en medio de las huevas con crueldad. Siento que me parto en dos, que me hueles la vejiga o la próstata. Te mueves, y la nariz rasga empujando a su paso un testículo, inflándolo en dolor.


Eres capaz de embutirte todo el tubo, y es fenomenal. Chupas el extremo mientras lo agitas en la base, y es fenomenal. Pero entonces lo menes hacia un lado, y parece a punto de una reventada fenomenal. Te gusta agarrarlo entero, con huevos y todo. Reclamar el cetro que te pertenece como reina de estos lares. Pero en las maniobras, tu mano se deja llevar de la emoción y te veo cual chofer de bus metiendo cambios con mi palanca.


A veces la emoción te lleva incrustar dientes, o a chupar una de las bolas con toda tú fuerza, estilo aspiradora. Succionas como si fuese un huevo tibio en cáscara, y quisieras dejarlo vacío. Siento que se me va, que se desprende, y el jalón lo deja endurecido y presa de un dolor palpitante.

 

Estallamos entonces expulsando gritos estremecedores. Explotan sin freno igual que la esperma; salen a despertar al vecino, o perturbar a los empleados del motel. Se asombran de lo bueno que lo estamos pasando. Luego nos derramamos en aullidos, sobándonos. Adios líbido, has sido eyaculada.


¡Las huevas no son gomitas! Hay que apretar pero no pasarse ¡Imagina que son tus tetas, mujer que lees blogs de hombres! En nombre de todo mi género, te lo pido. (De hecho, ya que en medio del fervor popular te lo pedí, contáctame en Twitter @iBernalMarin).


El otro grupo es el de las “malabaristas testiculares”. Se las meten ambas en la boca, y sientes que las hacen girar. Revuelven el s.emen allí envasado. Cierran los ojos, o te miran extasiadas mientras las acarician con los labios. Lo disfrutan o lo disimulan muy bien. Dan chupaditas y lengüetazos de arriba abajo y alrededor, suave y a un buen ritmo in crescendo, para menear el conjunto palo-bolas. Te hacen especular que son “amadoras de profesión”.


Aunque prefieres creer que han visto mucho porno, o tienen al Kamasutra como libro de cabecera. Sobre todo cuando te lamen los huevos al mismo tiempo que te masturban. Acompasadamente. Irresistible. Una supernova orgásmica, que para desgracia de su blower les explota encima.


La investigación realizada para Vergonymous arroja que los dos primeros grupos de succionadoras, “mojigatas” y “culeadoras instintivas”, son mucho más abundantes en el mundo. Son más las mujeres que terminan maltratándonos las huevas, por tratar de hacernos sentir bien. El estudio apunta a que, tal vez, no les gusta besar las canicas. Se plantea la hipótesis de que en el fondo piensen: “ah, con que te las tengo que chupar porque te las depilaste, ¡pues toma!”.


Así, desde las huevas, te dejan como una hueva. Sofocan las pelotas de fuego a punta de choques trastes. Pero al menos se le miden al reto testículos, y agradecemos su buena voluntad. En menor o mayor medida, recompensan nuestro esfuerzo por afeitarnos en nombre de la higiene. No son ningunas chácaras.


En cambio hay casos de estudio sobre mujeres que ni si quiera dan para tocarlas, así se les pida. Que ni siquiera se mueven. Que ni saben cuando te viniste. Solo están ahí, colgando.

Traumas que llevan a preguntar: ¿quién no ha abrazado a una mujer, mientras piensa cómo quitársela de encima?

 


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Categorías:Curiosidades, Gente, Salud
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