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Tulio Hernández ¿Fecha patria o día del golpista?

¿Fecha patria o día del golpista?

5 Febrero, 2012

La mejor caracterización del golpe de Estado de febrero de 1992 se la escuché al senador de la república Ramón J. Velásquez pocos días después de la asonada. Con el hablar pausado y la sabiduría que le caracteriza, el ahora ex presidente de la república, en su oficina del Palacio Federal, dejó caer una frase que todavía recuerdo con cierto escalofrío. “Alguien ­dijo con parsimonia­ abrió la tapa del infierno donde varias generaciones de venezolanos, al costo de muertes, cárceles, exilios y torturas, habíamos encerrado los demonios del militarismo. Ahora andan libres por las calles y no sabemos cuántas décadas les costará a ustedes volverlos a encerrar”.

opinan los foristas

La frase resultó absolutamente premonitoria. A pesar del tamaño de la traición y de haber causado la muerte de una cincuentena de personas, los milicos golpistas no pasaron más de dos años en la cárcel, tampoco fueron inhabilitados políticamente y al poco tiempo regresaron al trabajo conspirativo, prepararon otro golpe y una insurrección civil que, como nos contó años después el ahora ministro Héctor Navarro, planeaban ejecutar en 2002, cuando preveían haber acumulado la fuerza suficiente para no volver a ser derrotados por los militares fieles a la democracia.

Pero los azares de la historia, la intensa voluntad política de la logia y su líder, aunados a la abulia y la incapacidad de las élites políticas y empresariales de la era bipartidista para emprender las reformas del modelo político y económico que la población exigía a gritos, hicieron que el movimiento aluvional con el teniente coronel al frente igual llegara al poder.

Pero por elecciones.

Lo que significó al mismo tiempo una suerte y una tragedia. Una suerte porque, al haber fracasado el golpe, nos salvamos de padecer una dictadura y porque el haber llegado al poder en calidad de civiles y por elecciones les ha dificultado enormemente deshacerse de las normas democráticas, eliminar los partidos opositores, hacerse de todos los medios de comunicación e imponer el modelo totalitario que tenían planeado si llegaban por las armas.

Tragedia, en cambio, porque, sin embargo, con la astucia para delinquir sin castigo que les caracteriza, la logia bolivariana y su entorno civil han logrado imponerle a la sociedad venezolana sus principios militaristas burlándose sin pudor alguno de la Constitución por ellos mismos aprobada. El militarismo, hay que recordarlo, no es sinónimo de dictadura militar.

El militarismo es un tipo de práctica y de cultura política que consiste en imponerles a los civiles y al aparato de gobierno los principios de obediencia, jerarquías de mando, no deliberación y uniformidad de criterios propios de la vida militar.

Y eso, exactamente, es lo que ha ocurrido en Venezuela. La obligatoriedad de los ministros y empleados públicos de uniformarse de rojo cada vez que se lo exijan; la designación en este período de más de 720 militares en los altos cargos de gobierno; el trato de oficiales de bajo rango que el presidente-comandante ofrece en público a sus ministros al darles órdenes irrebatibles; el culto a la personalidad del jefe único que fue elegido como civil, pero suele exhibirse ataviado de militar; los lemas del tipo “comándate en jefe ordene!”, coreados como consigna y colocados en grandes vallas; la creación de una milicia de civiles de uniforme verde oliva entrenados militarmente para usar rifles Kalashnikov; el gusto casi enfermizo por los desfiles y las congregaciones de masas con estética nazi o estalinista uniformemente rojas; la desmesurada carrera armamentista y las frecuentes amenazas de guerra contra países supuestamente enemigos; las grandes paradas militares para exhibir el poderío de fuego; las amenazas a la sociedad civil con el argumento de que “esta revolución es pacífica pero armada”; la convocatoria a actos proselitistas con niños armados de rifles y el intento de convertir un vulgar golpe de Estado en fecha patria, y a un felón en héroe nacional, son algunos de los tantos indicios que nos recuerdan la urgencia de volver a encerrar los demonios en el lugar de donde nunca debieron salir.

hernandezmontenegro@cantv.net

Categorías:Nacionales, Politica
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