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Intimidades a bordo del avión presidencial

Yamit Palacio de ‘La W Radio’ acompañó al Presidente Santos en su viaje a China y Singapur, y esto es lo que publica el diario colombiano El Tiempo.

Avión presidencial jupiter y fac001, son los aviones presidenciales de Colombia

Un amigo me dice que uno no cuenta lo que ve en una casa ajena. No sé si después de escribir esta crónica me dejen volver a viajar con Santos. Correré el riesgo: abordar el avión presidencial no es fácil. Para que lo dejen subir, usted debe ser alto funcionario, pertenecer a la Casa Militar que organiza la logística y la seguridad del Presidente, ser reportero acreditado ante la Casa de Nariño o ser tripulante.

Ingresar al aeropuerto militar Catam y llegar al aparato implica que usted dejó el día anterior en el Palacio Presidencial su maleta para ser revisada por la seguridad, que inspecciona su ropa interior, su gorrito de dormir y su oso de peluche. La cita puede ser hasta 4 horas antes del despegue, porque le harán otra revisión a su equipaje de mano.

Cuando por fin supero las requisas, salgo a la pista para ver, plateado y enorme, el Júpiter de la FAC, un Boeing 767-200 carguero de uso militar, acondicionado para llevar al presidente Juan Manuel Santos a su segunda visita de Estado en Asia.

Primera sorpresa: el avión no tiene ventanas. Gomoso de las nubes, los amaneceres, los ocasos y los aterrizajes, para mí son imprescindibles, sobre todo porque me han informado que estaremos ahí más de 24 horas, con miniparadas para abastecer el avión de combustible.

La nave tiene tres zonas. Los periodistas las bautizaron ‘playa alta’, ‘media’ y ‘baja’. En ‘playa alta’ (adelante), una parte de la cabina está reservada para el Presidente y la primera dama. No hay lujos de clase ejecutiva, pero sí unas sillas más anchas para ministros y consejeros. Allí fue acondicionada una cama para el mandatario, una silla de lectura y un televisor, asegurado sobre un armario que nada tiene que ver con el estilo del avión.

En ‘playa media’, el centro, van miembros de la comitiva, invitados, hombres de la seguridad y funcionarios de nivel medio. Santos ha invitado a directores de medios: Rodrigo Pardo, de RCN TV; Luis Carlos Vélez, de Noticias Caracol, y William Vinasco.

En ‘playa baja’: reporteros, camarógrafos, intercalados con escoltas, auxiliares de vuelo y personal de apoyo. Camuflados en todo el avión, figuras del atlético ‘lagarteiro’.

El Júpiter es un tubo gigante con 130 sillas, ocupadas casi en su totalidad. Cinco ministros y la Canciller, asesores, consejeros, directores de instituciones hacían parte de la delegación. El hielo lo rompe el Presidente cuando va a ‘playa baja’ a saludar. Se asegura de que todo esté bien, hace un chiste y se devuelve a su zona.

Horas después, unos sucumben al sueño; otros, presa del insomnio, intentan superar la ansiedad, y unos más caminan por el pasillo rumbo a uno de los dos baños, donde casi siempre hay fila.

Santos, con ojeras más marcadas que de costumbre, se acerca a alguno de sus colaboradores. Mi insomnio sigue. Solo me distrae algún alto funcionario al que someteremos a “retención”, o la belleza de esa auxiliar de vuelo de ojos negros. Llega la comida. En la cajita de plástico puede venir un sándwiche, una pasta, una ensalada con algún postre y cubiertos desechables.

En este vuelo, de más de 24 horas, hacemos escala en Lisboa y en Dubái. Después de una turbulencia llegamos por fin a Singapur. Hasta Santos y el Mintransporte se asustan con el sacudón. Los periodistas buscamos el hotel y nos duchamos contrarreloj. Pronto comenzará una carrera para cumplir la agenda que Embajada y Cancillería organizaron sin tregua entre cita y cita. Santos va a un palacio, a un ministerio, a un instituto, a un foro y a decenas de encuentros, en una caravana de autos negros, sobrios, lujosos.

De Singapur nos impresionan su prosperidad anclada en un liderazgo político fuerte, la elección de sectores estratégicos a los que “se la metieron toda” y la convicción de que la educación es la base de su transformación.

Nos vamos a China: 7 horas a una Beijing gris, contaminada, un poco lúgubre. Casi nadie habla nada distinto del mandarín. En dos días tenemos dos horas libres y unos pocos nos vamos a Tiananmen.

Adiós, Beijing. ¡Hola, Shanghái! Qué bonitos rascacielos, bulevares, qué impresionante progreso. Nueva York asiática. Con Santos y con el gabinete vamos al Museo Urbano, donde una maqueta que ocupa todo un piso muestra cómo lograron, en esta ciudad de suelo escaso, meter a 22 millones de chinos. Aquí sí puede construir un aeropuerto en un año y hacer una isla artificial para un puerto internacional. Alguien dice: “¡Qué bueno que Petro se diera una pasadita por aquí!”.

Chao, Shanghái. Otra vez, a Bogotá. Ya nadie quiere hablar con los ministros. La azafata bella es lo único que mantiene intacto su esplendor.

Yamit Palacio
Especial de La W para EL TIEMPO

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