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REPORTAJE: Conozca la historia de un sicario

REPORTAJE: Conozca la historia de un sicario.

 

Camina y se confunde entre la gente como una persona inofensiva. Lleva un rosario en el cuello, es delgado, moreno, 1,65 metros aproximadamente, 24 años. Su mamá le puso por nombre Juan, como El Bautista, a ver si “algo de santo se le pegaba”. Pero nadie lo conoce como tal, sino por el apodo que tomó de adolescente; el que debe quedarse anónimo.


Fotoproducción: PANORAMA

Juan mata por dinero, es un sicario al que no se le nota su oficio. Tiene ojos saltones y una leve arruga en el ceño porque lo frunce a ratos. Mira hacia los lados con persistencia, es de andar ágil, seguro, maneja astutamente una motocicleta. Ella y su Glock nueve milímetros, robada, son sus instrumentos de trabajo cuando la encomienda llega: una víctima.

De vocabulario escaso, repite obscenidades en su conversación. También es ayudante de albañilería, de electricidad, de lo que sea. De lo otro, es un “profesional”.

No es fácil iniciar una conversación con él, porque da miedo. “Vamos a hablar. No hay problema. Te respondo hasta donde pueda. No te diré nunca para quienes he trabajado. No soy sapo. Además, me meto en un peo. ¡Mosca pues!”, dice con la amenaza por delante, su manera frecuente de dirigirse a los demás.

Juan habló entre la miseria que lo rodeaba y los ensordecedores ruidos de las motos que pasaban a cada rato, temiendo que algún enemigo suyo llegara en ellas para pasarle factura por su demonio suelto.

“Maté a un maldito cuando tenía 14 años. Era mi padrastro, se metía con mi mamá. Sentí que ya había hecho lo malo y no tenía remedio en la vida. Me llevaron a un albergue. Allí me puse peor. Siempre me rodean las cosas malas. Después conocí gente que fumaba drogas, robaba carros, y en esos robos mataron gente. Me metí con ellos. Estuve preso por robo de carro. Al salir, siguió lo malo persiguiéndome. Así maté a otro más… y a otro. Ya no sentía remordimiento en hacerlo. Mi primera encomienda fue para un hombre. Me dio foto y dirección de la víctima. Lo seguí sin arma. Al día siete estaba muerto. No te puedo decir más”.

Juan fuma ‘hierbita’ porque dice que le da cierta claridad a su ya complicada mente. Para él es más fácil trabajar en par, dos en la moto, aunque eso signifique ganar menos. Es que asegura que le están pagando más al que maneja que al que dispara, porque será el conductor quien saque al sicario del sitio. El chofer deberá conocer muy bien la zona para huir si la policía persigue, porque si los agarran la dureza de la Ley caerá para todos.

La historia de Juan se parece a la de José, un sicario entrevistado por un periodista italiano, en Caracas, en 2009.

En un video de nueve minutos 55 segundos, el hombre de 28 años que ha pasado por albergues y cárceles capitalinas desde los 12 años, reconoció haber matado unas 12 personas bajo la modalidad de sicariato.

Los dos, en puntos equidistantes del país, Zulia y Caracas, se convirtieron en sicarios por circunstancias de la vida.

Citando al Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa: “Para graduarse de sicario hay que pasar ciertas pruebas, como para ser caballero de la edad media. La más severa, el termómetro de la sangre fría del aspirante”.

Y Juan y José aprobaron la medición de ese termómetro. Se graduaron.

Alrededor de 450 noticias donde el sicario o su víctima es el protagonista fueron encontradas en los archivos de prensa desde mediados del año 2000 hasta los primeros cuatro meses del 2012. El ojo agudo de Juan mira esas noticias a detalle cada vez que salen.

“A veces son pequeñas, pero no importa. Los averiguadores pegan datos. Ahora me entero más rápido por el blackberry. Me gusta ver mi trabajo en el periódico. El cliente confirma que cumplimos”, revela Juan.

Esas publicaciones sobre muertes por encargo comenzaron a multiplicarse a partir del 2006 asomando que el sicariato ya es un delito a evaluar con detalle.

Los recortes reflejan que los primeros ataques en Zulia iban dirigidos a policías y comerciantes. El 16 de agosto de 2000 los zulianos se estremecían por la muerte del exfuncionario de la Policía Técnica Judicial (ahora Cicpc), José López, de 39 años, a manos de dos encapuchados.

Diez días después era asesinado en similar forma el comerciante árabe Edmond Chakkal, de 55 años, y a comienzos de septiembre del mismo año, los medios de comunicación asomaron el sicariato como fenómeno social en Zulia.

En 2001 el agente secreto de contrainteligencia militar, Henry Larreal, quien investigaba casos de lavado de dinero en el estado, también murió sicariado. Ese mismo año, un policía cayó preso por alquilar su pistola de reglamento a delincuentes.

Previo a esos y otros hechos aislados, la única matanza sistemática con sicarios en el Zulia había sido la masacre de Santa Bárbara, cuando dos familias, los Meleán y Semprún se atacaron y dejaron una decena de personas muertas en la revuelta.

“Eso no se puede volver a repetir”, citó en 2001 Franklin Márquez, quien fuera el comandante de Fronteras 32 en Zulia.

Pero en 2004 se activaron los asesinatos “sin mediar palabras” contra sindicalistas petroleros de la Costa Oriental. Alrededor de cinco hubo en los municipios Valmore Rodríguez y Lagunillas, por la venta millonaria de empleos a obreros petroleros, que luego no les otorgaron.

La polémica promulgación de la nueva Ley de Tierras en el país en 2005 dejó a su paso el sabor a sicariato en Zulia. El dirigente agrario de Cabimas, Hilario Morillo, fue uno de los liquidados.

En enero de 2007 los otrora diputados a la Asamblea Nacional, Lisandro Cabello e Imad Saab, ambos electos por los circuitos de la subregión COL, pidieron la llegada de fiscales especiales para investigar los sicariatos en Zulia.

“Eso es pura bulla por prensa. Pura paja. Cuando matamos gente pesada siempre hay moscas que llegan al sitio a ver, como si fueran averiguadores. Nos ayudan a borrar las evidencias del sitio. Recogen conchas, ponen las manos en todas partes y contaminan”, comenta Juan.
Bajo esa modalidad delictiva perdieron la vida el que fuera presidente de la Federación de Centros Universitarios de la Universidad del Zulia, Julio Soto, dos hijos del presidente de la Cámara Municipal de Santa Rita, la pareja de la alcaldesa de la Cañada de Urdaneta, el comerciante cabimense Hugo Morales y su novia, la modelo Karen Blanco, entre otros nombres que se diluyen en un largo etcétera, donde el municipio Santa Rita destaca.
“Queremos justicia”, es la frase que suena entre parientes de las víctimas cuando son entrevistados, esperando que atrapen al culpable y le apliquen el artículo 12 de la Ley de Delincuencia Organizada que establece: “Quien dé muerte a alguna persona por encargo o cumpliendo órdenes de un grupo de delincuencia…, será penado con prisión de 25 a 30 años. Igual pena para quien encarga la muerte”.

Pero como respuesta reciben la frase: seguimos investigando.

La impunidad ha sido un caldo de cultivo para que el sicariato se afiance, dice el investigador Roberto Briceño León, director del Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), y director del Laboratorio de Ciencias Sociales de la Universidad Central de Venezuela (UCV), quien además es autor de 24 publicaciones, de las cuales, siete tocan la violencia en el país.

“En 2009 se detuvo a nueve sospechosos por cada 100 homicidios. En 2000 se detuvieron a 18 por cada 100 muertes. Eso quiere decir que ahora hay más muertes y menos detenidos. La impunidad crece. Proyectamos desde 1998 hasta 2009 123.091 homicidios en Venezuela. En ese tiempo solo han detenido 23.046 homicidas. Muy poco”, dice.

Y Juan lo respalda: “Los policías son unos corruptos. Por eso no agarran a nadie. Que te digo yo, que solamente agarran al ‘bolsa”.

Para 1994 Venezuela se alarmaba por una tasa de 22 homicidios por cada 100 mil habitantes (4.757 fallecidos según las estadísticas nacionales de la época). Hoy, según las cifras aportadas por el OVV esa tasa es de 67 muertos por cada 100 mil personas, tres veces más.

“En 1994 entrevisté a un colombiano que vivía en Venezuela que estaba molesto porque alguien le causó daño. Me dijo en esa oportunidad: ´Si esto hubiese ocurrido en Colombia, ya le hubiera mandado a alguien para arreglar el asunto. Se salva porque en este país es diferente, no lo puedo hacer´. Ese hombre, en ese tiempo, estaba reconociendo que el sicariato era una modalidad delictiva que no era aplicada en nuestro país, pero sí en Colombia. Venezuela, hace 18 años, no tenía condiciones para que el fenómeno estallara. Había cierto acceso a la justicia”, agrega el investigador Briceño.

El sicariato se “mudaba” entonces a Venezuela. El caos que en Colombia poco a poco veía cifras levemente más bajas, en Venezuela aumentaban. Y según estadísticas de la Policía Nacional de Colombia esa modalidad de delito llegó a cobrar, en 2009, 6.999 vidas.

“En Medellín y Bogotá había oficinas, hace 18 años, donde llegabas a un intermediario para contactar al sicario. Ese fenómeno se vino hacia Venezuela, no con oficinas, pero el problema es que se levantó una generación de jóvenes que mata por robar, porque le quitaron una novia, por cualquier problema lo hace. Cuando ya están acostumbrados, les será más fácil matar por dinero. Y hay jóvenes en Venezuela preparados para hacerlo porque se formaron en un entorno violento. Además, tienen conciencia que su vida vale muy poco y pueden morir en cualquier momento”, precisa Briceño.

Esa generación de muchachos serán entonces los que se están “graduando” de sicarios en el país, como Juan.

“Yo lo único que he visto en mi vida son vainas malas. Un rancho feo, hambre, necesidad. Un padrastro que nos maltrataba, por eso lo ‘quebré’. Los amigos míos tampoco sirven pa’un coño (…) Me fumé mi primera marihuana a los 14. Yo sé que en algún momento me quiebran. Pero no me importa un coño”, dice Juan.

La fácil adquisición de armas de fuego, junto con la miseria y la pérdida de valores también contribuye al afianzamiento del sicariato. Eso lo ratifica el criminólogo Jesús Párraga, director del Instituto de Criminología de la Universidad del Zulia.

“Las puedes alquilar, pero eso es para novatos. La primera arma que tuve la compré con lo que me gané con el robo de una moto. Después la perdí en un procedimiento, que no te voy a contar. Esta (y muestra su Glock) se la robé a un chamo por una ‘culebra’ que teníamos”, dice Juan sobre la procedencia de su pistola, que adora.

El investigador Jesús Párraga también agrega una descripción del sicario: “Tienen labilidad, es decir, su personalidad se transforma rápidamente. Es egocéntrico y altamente agresivo. Padece un trastorno de personalidad. No siente culpa por el daño que puede causar a otro”.
Su descripción encaja con la personalidad de Juan, cuando dice culminando la entrevista (porque tiene que comprar huevos y harina): “Me gusta que la gente me tenga temor. Así respetan”.

Mientras tanto, unos 398 asesinos fueron detenidos en el país durante los primeros cinco meses de 2012 por funcionarios del Cicpc, según cifras mostradas por el comisario José Ramírez, director nacional del organismo. Además, incautaron 1.983 armas ilegales y retuvieron 2.556 vehículos involucrados en secuestros, robos y guardaban relación con homicidios. Pero precisar si todos estos asesinos capturados participaron en sicariatos será difícil de determinar.

Juan, uno de ellos, sigue libre. Él permanece diluyéndose en las polvorientas calles de una ranchería zuliana, donde está formándose más gente como él.

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